Mateo toma la vía antigua a Barrancabermeja un sábado a media mañana, con Camila y Daniela de acompañantes en el carro. Pasan el parador La Renta, giran después del pare y siga, y en poco más de cincuenta minutos ya están frente a la portería principal de Altos de Yariguíes, el lote que Mateo reservó hace unos meses frente al Embalse de Topocoro. Esta vez no llevan planos ni cotizaciones. La idea del día es simple: caminar el sendero ecológico del proyecto hasta la cascada natural, y comprobar si es cierto eso que Mateo lleva meses repitiendo, que comprar aquí también es comprar naturaleza real, no solo una cifra en una escritura.
El sendero que empieza a pocos pasos del lote
Después de pasar por la portería principal, dejan el carro cerca del lote de Mateo y entran al sendero ecológico que atraviesa el bosque nativo del proyecto. No hay ruido de ciudad, solo pájaros y el crujido de las hojas secas bajo los pies. Camila, que esperaba algo parecido a un parque con pasto cortado, se sorprende con lo denso que es el bosque a los pocos minutos de caminata: árboles altos, sombra real y un aire distinto al que dejaron en Bucaramanga. En el camino cruzan con un vecino que saca a pasear a su perro por el mismo sendero, prueba de que estas rutas ya hacen parte de la rutina de quienes viven o visitan el proyecto los fines de semana.
La cascada que pocos esperan encontrar tan cerca de casa
El sendero baja hasta una cascada natural, la misma que aparece en las fotos y videos reales de la galería del proyecto, sin ediciones ni renders. Daniela, que venía dudando si el plan valía la pena un sábado, se mete de una vez al agua fría que cae entre las rocas cubiertas de musgo, mientras Camila busca el mejor ángulo para una foto. Es el tipo de lugar que uno esperaría encontrar a varias horas de la ciudad, no a pocos minutos del lote donde Mateo piensa construir y a cincuenta minutos de Bucaramanga por una vía que miles de personas recorren cada fin de semana.
De la cascada a la piscina panorámica, todo en el mismo proyecto
De regreso, el sendero pasa junto a un guayacán florecido que se asoma sobre el embalse, uno de esos árboles que Mateo ya conocía de tanto caminar la zona los fines de semana. Desde ahí hasta la zona social hay pocos minutos: vías en placa huella, luz pública con lámparas solares y cableado eléctrico subterráneo, la misma infraestructura que ya está construida en todo el proyecto. Llegan justo a tiempo para la piscina panorámica con vista directa al embalse, donde terminan la tarde viendo caer el sol sobre Topocoro con algo de tomar en el bar social, antes de volver a la portería y tomar de nuevo la vía hacia Bucaramanga.
Para Camila y Daniela, el lote de Mateo dejó de ser una idea abstracta. En un solo sábado vieron bosque nativo, una cascada real, un guayacán en flor y una zona social ya construida, todo dentro del mismo proyecto y a cincuenta minutos de la ciudad. Y para Mateo quedó todavía más claro por qué eligió un lote con matrícula inmobiliaria propia frente al embalse: no es solo una inversión en papel, es un lugar al que de verdad quiere volver, con o sin amigos de visita, cada vez que pueda.